¿Sensibilidad?
Sí, eso es lo que generó aquel atardecer en mí. El sol con su color amarillo
difuso indicaba que estaba a punto de ocultarse; este contrastaba con el color
del mar, no era azul, realmente no lo era, ya que el amarillo del sol opacaba
el color del mar… el sol tenía todas las de ganar, aunque el mar se mostrara de
manera imponente e infinita. El horizonte nunca ha sido límite para las aguas
del mar, ha sido el límite, definido por los seres humanos para nuestros ojos
que no pueden ver más allá de lo que hay entre la playa y ese horizonte
imaginario.
Mientras el sol
seguía ocultándose, las olas del mar golpeaban con mayor intensidad, parecía
además que el agua se hacía más turbia y fría, como si con el sol se marchara
la magnificencia y tranquilidad que en un día caluroso genera en el observador.
Al final, la noche llegó, como siempre, desolante y tenebrosa, manifestada ante
mis ojos en su contraste de grises.
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